martes, 20 de enero de 2009

SIGO CON LA HISTORIA



4.- Caminaba con el pensamiento encajonado en el recuerdo inquietante del señor Huete colgando de la encina, en la imagen de Marina sonriendo al imputarme el robo de las nubes, en Hugo tumbado entre arriates, mirando al cielo, añorando sus nubes, cuando, al abrir la puerta de la casa, repentinamente, se despejó el desorden que distraía mis cavilaciones con la perfección del silencio que se había instalado en la umbría del zaguán, en el que zumbaban tranquilas varias moscas. El contraste con el calor de la calle, la dócil oscuridad dosificada por las persianas echadas, daba a la casa una sensación de hogar que echaba en falta desde mi llegada a Cela, donde no podía de dejar de sentirme como un intruso. Me senté en uno de los escalones; las piernas flexionadas, la cabeza dejada caer hacia atrás, presionando las vértebras, después abatida entre los hombros, regostado en el momento, apropiándome de la situación, reteniéndola dentro, sorbiéndola con la respiración, volviendo sobre aquellas cosas que creí abandonadas y que reencontré en el silencio que durante siglos se había amasado en el zaguán de la casa de Horacio, al arrimo de una mole de piedra y argamasa. Repasaba con los dedos la veta de la madera barnizada del peldaño, uno de sus nudos, y sentí cómo unas notas musicales, suspendidas en el aire, subían por las escaleras y se perdían tras colarse por la tronera del primer piso. Las busqué amusgando los ojos, inclinando la cabeza; la música se desplazó sinuosa por el pasillo, acariciando los muros, acompasando el movimiento del pabilo de una vela que ardía en un quinqué rebosante de cera apelmazada. El Tannhäuser. Y entré en el despacho.
Horacio estaba sentado de espaldas a la puerta, en un mullido sillón de piel tornasolada, raída en ambos lados, en los que se intuía el nogal de los reposabrazos, protegida por un antimacasar bordado en hilo, deformado y pasado por la erosión de la cabeza. El humo de un habano, formando volutas en forma de arabescos de porcelana, manaba del sillón desordenado y denso, impregnado de la luz amarilla de una lamparilla de pie, dando al despacho un aspecto de tugurio. Al entrar, me levantó la mano; con la palma extendida me exigía silencio.
-Mal vamos si te tengo que pedir que te calles cuando suena Wagner.
-Perdone Horacio, pero es que ha pasado algo que querría contarle, y al oír que estaba aquí, y que no había visita…
-Siéntate y calla. No hay nada que tenga tanto interés como para merecer que interrumpamos a Wagner. A mí hace tiempo que se me pasaron las prisas y hoy tenemos todo el día para hablar. Siéntate anda.
El canto pesaroso de los peregrinos anunciaba el final del acto, y él se despegó del asiento, que se le ajustaba como un guante, con las apreturas de su peso, tirando de los tirantes que aguantaban los pantalones del traje y mordiendo con ternura el habano. Lo dejó en el cenicero de su mesa y al ponerse la chaqueta que colgaba de la manga en un perchero de latón con las escarpias retorcidas y bruñidas por el roce de los abrigos y las togas, creí notar que lloraba. Se me fue la mirada fingiendo distracción, escondiendo una cierta vergüenza.
-A quien no se le encoge el alma con el Tannhäuser no creo que pueda tener ni un buen pensamiento –dijo, saliendo al paso de mi gesto. –A ver, ¿qué pasa?, dime.
“In media res”. Le solté que Don Lucas Huete, avinagrado, se había quitado la vida colgándose de una rama de encina; así, sin más trámite, para qué darle vueltas al asunto. Moviendo despacio la lengua dentro de su boca cerrada, como reteniendo una contestación, Horacio se sacó con los dedos unas virutas de tabaco de la comisura de los labios y escupió al aire. Seguía mirándose las yemas de los dedos y me preguntó: “¿Por qué sabes que ha sido un suicidio? Ese hombre lo tenía todo: dinero, salud, hacienda…, y ahora, incluso, acababa de tener un hijo; dime entonces ¿por qué aseguras que se ha suicidado?”
Había dado por evidente lo que el vecino de Cela me había dicho en el camino de la Rambla del Puerto y así lo repetí, y ese día, por primera vez, Horacio actuó como el maestro que, luego, siempre fue.
-Mira Mario, todos los hombres esconden un secreto, ocultan una razón, y los abogados nos pasamos la vida entera queriendo darles luz o esconderlos, a conveniencia. No te apresures en tus juicios, porque a lo mejor esclareces lo que debe permanecer escondido. No te lleves a engaño Mario, el fiel de la balanza está deformado; ya nos encargamos todos de que esté lo suficientemente torcido.
Con esas palabras, Horacio Buenaventura hizo tambalear los patrones de integridad en los que había cimentado mi vocación de abogado: la ceguera de la justicia, el homogéneo y general sometimiento al imperio de la ley, la necesaria imposición de la norma, ajena a la condición del justiciable… Y él lo expresaba de una manera devastadora: el fiel de la balanza está deformado.
Lo que luego siguió remató mi desconcierto.
-Echa para un lado la alfombra y agáchate –me pidió.
-¿Qué?... ¿Dónde?
-Agáchate, ahí mismo, donde estás. Dime, qué ves.
Al levantar uno de los lados de una amplísima alfombra de Crevillente, sólo pude distinguir varias baldosas blancas, tachonadas de dos hileras de puntos discontinuos y dispersos, sin orden aparente.
-Súbete arriba, a lo más alto de la librería, y dime desde allí lo que ves.
No sabía a qué conducía el envite de Horacio, qué tenía aquello que ver con Don Lucas Huete, pero, incapaz de desobedecerlo, subí por la escalera de caracol hasta un pasillo volado a media altura que recorría el perímetro de la habitación, y entonces miré hacia abajo.
-¡No! ¡Más arriba, más arriba, te he dicho! – alzó la voz y me empujaba con el dorso de su mano hacia las estanterías del techo, a las que se accedía por una escalera de madera que apoyaba justo en el centro de una de las paredes, dejada caer en unas baldas sin libros y, cuando llegué arriba, volvió a preguntarme por lo que veía en ese momento.
Había retirado el resto de la alfombra y apartado algunos muebles, y ante lo que vi no pude articular más palabra que un balbuceo de asombro que se me agarró en la garganta. El suelo del despacho era un gran mosaico, un enorme puzzle que mostraba una espiral de color negro y rojizo. Todas las líneas partían del centro de la espiral, de un círculo oscuro, y se repartían por la habitación de forma ondulada hasta acabar ensanchadas en su contacto con las paredes del despacho.
-Sujétate a la baranda y dime qué ves ahora, Mario. ¡Dime, qué ves!. ¡Sujétate fuerte y dime! –gritaba.
No sabría cómo explicarlo, pero la vista se me fue al núcleo de la espiral, y entonces pareció como si el piso del despacho se abalanzara contra el techo, engulléndome con él, para, de repente, alejarse nuevamente hacia un doble fondo, un sótano, profundo y oculto debajo del piso. Cientos de baldosines, como teselas disimuladas, se presentaban a mi vista con la forma de un enorme ojo, cuya retina se dilataba como el diafragma de una cámara fotográfica por el efecto que provocaban los trazos delgados y gruesos de la espiral. En unas décimas de segundo, volvió a envestirme el círculo oscuro al emerger desde el fondo de nuevo, como un cadáver hundido en la profundidad de un estanque que emerge flotando hinchado; la retina parecía el agujero de un embudo, embebiendo todo el despacho, deshaciendo las formas rectilíneas de los estantes y vitrinas, fundiendo los perfiles de los libros y enciclopedias que se deformaban dúctiles como el plomo, tragándose la luz cenital que se derretía por el lucernario de la azotea. Ante la embestida, las piernas me flaquearon y tuve que asirme a la baranda con las dos manos porque temí que iba a caer desde la altura. Al bajar todavía notaba el mareo que me produjo el verme engullido por la mirada de un cíclope, pero, sobre todo, me tenía rendido el desconcierto. En todo el tiempo que llevaba en la casa nunca pude imaginar que los desordenados trazos oscuros que se podían ver en algunas baldosas del suelo, las que no estaban tapadas por la alfombra y los muebles, no eran otra cosa sino piezas de un puzzle cuya finalidad no alcanzaba a comprender.
-“El ojo que todo lo ve” –dijo Buenaventura agarrándome por los hombros, ayudándome a sentarme-. Lo mandó poner mi bisabuelo, lo conservaron mi abuelo y mi padre, y yo lo he heredado. Es el pedigrí de una estirpe jurídica, el símbolo de una vida dedicada a la jurisdicción. Como puedes ver nada es lo que parece. Todo detalle, por nimio que te parezca, forma parte de algo superior, de mayor complejidad. Nunca te pronuncies hasta que tu perspectiva te permita verlo todo con claridad, en su conjunto y, hasta en ese momento, pon en cuarentena tus opiniones.
Estaba arrellanado en la seguridad del sillón, restregándome las cuencas de los ojos con las palmas de las manos, espantando el vértigo.
-Hace media hora ha venido Lupe a contarme que Lucas Huete se fue de la casa anoche, muy alterado.
-¿Entonces? –le repuse esperando el final del acertijo.
-A su hijo no ha dado tiempo ni de bautizarlo ni de inscribirlo. Como no estaban casados, Lupe va a tener un pequeño problema. El encargado del Registro Civil no le va a dejar que el niño lleve los apellidos de Lucas, y por tanto difícilmente le va a poder suceder. Ya se lo dijeron ayer, cuando fue a asentarlo. Le van a poner los apellidos de la madre, con el orden cambiado, como sin duda sabrás que se hace en estos casos. Eso es lo que tienen las relaciones “more usorio”…; cuando conscientemente te alejas del Derecho, el Derecho suele dar la espalda. De todas formas, de que el niño lleve los apellidos que le corresponden y que herede lo que por ley le toca, nos vamos a encargar nosotros.
Tiraba de un mueble para colocarlo en su sitio.
-Dices que apestaba a alcohol ¿verdad? –eso es lo que comentó el que lo había encontrado-. Pues tienes que saber que Lucas Huete era completamente abstemio. Nunca se le ha visto gastar un duro en un chato.
En ese momento se oyeron dos suaves coscorrones contra la puerta y Agustín Rebollo pidió permiso para entrar. –Da usted su permiso.

4 comentarios:

marisa dijo...

Cada vez me gusta más, y estoy deseando que llegue la próxia entrega...Un lujo poder leerte, Pepe.

PEPE dijo...

Muchas gracias Marisa, por tus halagos y por seguir ahí, porque nos estamos quendado solos.
Un fuerte abrazo.

Pepe

antiplatonico emboscado dijo...

El autor abusa de la paciencia dándonos con cuentagotas piezas de una historia que merece la lectura de una vez. Por ello sería conveniente acometer la escritura y darla de una vez, no vaya a ser que, inquietos en la espera, acabemos todos persiguiendo nubes.
SAlud, fuerza y honor, autor. no desfallezcas.

PEPE dijo...

Ando flaco y desvalido, a punto de desfallecer, aunque igual me reservo alguna fuerza y con tiempo y espera lo termino. Ya veremos.

Un abrazo

Pepe