jueves, 12 de febrero de 2009

10.-



10.- Júpiter brilla a lo lejos, emborronado por el halo lunar que cuelga de una noche fría que augura una severa escarcha. Él también se considera un cazador al observar la espada de Orión que apunta a su cabeza. "Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.", recuerda.
Está levantado, delante de la ventana, y antes de cerrar los postigos y echar las cortinas se detiene a escuchar el jolgorio que se ha formado en la plaza, desde donde le llegan aplausos y vítores que no entiende. Se acerca a la habitación en la que se conservan desde el día de Los Santos grandes telares colgados de las paredes. Abre un pequeño arcón y, sujetándola por la cuenca de los ojos, saca una calavera y una bolsa de piel gastada que deposita en la mesa del centro de la habitación en donde arden unas bujías de cera.
Bajo la luz pabilosa de las velas mira la foto de perfil situada en la esquina derecha de un carné que se encabeza con el nombre del presidio: Prisión Nacional de El Ingenio. La cara vuelta hacia la izquierda deja ver un rostro con el pómulo hundido y los años arañados en las arrugas que le rayan la mirada. Tiene la boca entreabierta y la lengua apretada contra un lado. Como si no se hubiese dejado fotografiar, como si se hubiera resistido a ser archivado.
Nombre: Hugo;
apellidos: Garrido…
Natural de: Cela;
provincia:…
Edad: 45.
El carné de presidiario se rubrica con una firma ilegible del director de la cárcel y un sello en el que se hace constar una fecha:15/02/1936.
Antes de cerrar la bolsa y guardarla de nuevo en el arcón, mira intuitivamente hacia los lados, por encima de sus hombros, para advertir que no hay nadie observando. Deposita la calavera en la mesa para que la luz de la vela se escape por el hueco astillado que tiene abierto en la frente. Ciega el agujero con la palma de su mano que apoya abierta en el cráneo e implora sin levantar la voz, balbuceando, antes de salir de la habitación.
Cuando pisa la calle el pueblo descansa en silencio, salvo el viento que ulula al tomar la esquina que se dirige hacia la iglesia. Se deja llevar y rodea el atrio empedrado hasta llegar a la puerta de la casa del párroco. Aporrea la puerta y grita: ¡padre! ¡padre!...
La puerta, gruesa, de maderada tachonada, se abre despacio tirada por el sacerdote. Al quedar abierta del todo, a don Tomás se le ahoga un grito en la garganta: ¡Dios mío!, ¡tú!

3 comentarios:

marisa dijo...

Me ha gustado mucho poder leer dos seguidos despacio...Me gusta como recreas ls ambientes y cómo los distintos tiempos (pasado y presente)se entremezclan. Besos

elena dijo...

Pepe, veo el sanatorio demasiado quieto... sobre todo por tu parte... Y seguro que estamos todos en la retaguardia, esperando a seguir leyéndote...

No te hagas de rogar y sobre todo no nos tengas en ascuas, anda...

Besillo.

amarin dijo...

Seguramente el personaje que ha invocado a Mammon haya sufrido recientemente una experiencia transformadora. En algún momento se ha dado cuenta de que ha perdido algunos trenes, y no necesariamente por su falta de atención o su impericia, sino porque quizás se presentaron en la estación de la vida de forma simultánea, y siempre que se elige también se renuncia a lo no elegido. Por eso no puede por menos que lamentarse de solo disponer de una vida: "una vida no es suficiente" "no me va a dar tiempo". La solución la busca en un pacto con el diablo, y tiene suerte de ser atendido, porque éste está hoy día mucho mas buscado que los ángeles de la guarda de antes, y de hecho dicen que ha tenido que acudir a asesorarse por otros personajes también diabólicos, que le redactan los contratos. Pero en la vida real éste es un personaje huidizo y no siempre está disponible, por lo que, de no haberlo encontrado, nuestro personaje, probablemente tendría que haberse conformado con vivir deprisa, cogiéndolo todo, siendo menos calculador, arriesgando mas, jugando con la vida y con el destino de formas nuevas e improvisadas, de manera que cada instante fuese algo nuevo y distinto, cambiando de trenes en plena marcha, degustando porciones pequeñas y variadas en lugar de platos únicos. Esa solución, menos novelesca aunque quizás igual de decadente, puede tener, no obstante, su propia sublimación, pues si va acompañada de un refinamiento en las formas y una exigencia de calidades y sutilezas en el fondo, puede ser una actitud tan divertida como filosóficamente interesante. En fin, Mammon tiene muchas caras, y es sabido que, si contratas con él, eso no presagiará nada bueno al final, pero a pesar de ello tampoco está mal invitarlo a tomarse una copa de vez en cuando, evitando comprometerse demasiado. Nadie ha tenido nunca un éxtasis de prudencia, mas si de pasión.

Por lo demás, Pepe, esta novela engancha, y aunque ya sabes que últimamente estoy poco literario, la llevo al día y con interés creciente. La calidad, la claridad, las formas y el estilo siguen mejorando en ti, y yo ya no veo ninguna diferencia entre los capítulos de este relato y los escritos por cualquier escritor consagrado, aunque tú seguirás rehuyendo tus responsabilidades a este respecto. Un abrazo amigo, que cada día te quiero más, sin que suene a mariconada, por favor.