sábado, 28 de junio de 2008



Acabo de terminar esta novela, un libro estival, de esos que uno compra de forma apresurada, junto con el periódico, en el estanco del malecón, un domingo antes de ir a la playa, porque fuera hace un calor empachoso y tu mujer e hijo no tienen espera -en las librerías claro-. Literariamente, sólo interesan los tres primeros párrafos -por eso lo compré, fue lo que me dió tiempo a leer-, luego el interés lo encontrará quien guste de las biografías -que a mí no me gustan-, de las peripecias de una espía española de nombre hermoso, África de las Heras, que trabajó para el KGB, y que fue complice de Stalin en el asesinato de Trotski -aun cuando este hecho no tenga demasiada relevancia en el libro, cuando menos en la descripción que del mismo se hace-, de los entresijos de la guerra fría.
La historia se vertebra a través del dialogo que mantienen un mando ruso, Gregory Gurivich, y un archivero de los servicios secretos también rusos, Anastasievich.
Visto así, la historia parece interesante, pero, con perdón, a mí no me ha gustado, por la sola razón de que carece de la intensidad de las historias noveladas. A quien le gusten los documentales, las citas de personajes que forman parte de la historia, como el Ché o Allende, quizá saque el provecho de este libro que yo no he sido capaz.
Para terminar, decir que esperamos ansiosos la continuación de nuestro relato fragmentado. Veremos con qué nos impresiona el antiplatónico...

5 comentarios:

antiplatonico emboscado dijo...

Personajes que forman parte de la historia.

Así se refiere nuestro común amigo a sujetos como el Che, Allende, Stalin, Trostky. Desgracidamente, habría dicho yo, forman parte del relato de cien millones de muertos causados por la utopía socialista. Si, utopía, todas las matanzas de nuestra historia tienen buenas intenciones y se hacen para salvarnos de los males de la libertad. Especialmente cruel Stalín (un muerto es una tragedia, un millón estadística, dijo) y algo intolrelable la mitificación del Che, un iluminado vende- revoluciones, un alucinado místico del socialismo real. No puedo de jar de recomendar cualquier libro de Arthur Koestler, en especial su autobiografía La Flecha en el Azúl, donde nos explica muy bien como funcionó la URSS y su mano más asesina, el Comitern. O el cero y el infinito, donde nos describe la farsa ade los juicios de Moscú.

PEro lo que no debemos olvidar es que en el mundo soviético no había literatura por la sencilla razon de que la impostura de toda literatura está reñida con el "relismo socialista" que como Platón, aborrece de toda metáfora, de todo lo que no sea un fiel reflejo de la "idea", platónica o soviética, valga la redundancia.

Seguid con salud.

lavabajillo dijo...

Hablando de nuevas lecturas, acabo de leer la última novela de Ruiz Zafon (algo " del angel", no me acuerdo del título, hay el alzheimer)y he sacado alguna conclusion: las novelas excesivamente largas acaban por cansar,la trama es apasionante como era de esperar y casi cinematográfica, y el lenguaje brillante, pero al final me he quedado hecho un lechugino, al leer el epílogo; despues de tanto leer, no puedo decir que sepa que ha pasado ni tengo respuesta para muchas preguntas: quien es Andreas Corelli, porque no envejece el protagonista, que explicación tiene la perdida de Cristina etc. Si alguien ha leido la novela le agradecería que me lo explicase en una visita a mi blog,para no desvelar el misterio. Un abrazo.

antiplatonico emboscado dijo...

BIBLIOTECA QUEMADA. I. CHEJOV.


Uno de los pocos libros que conseguí salvar del incendio fue un ejemplar de los Cuentos imprescindibles de Chejov. Una recopilación llevada a cabo por Richard Ford y editada por Lumen, junto con Dostoievsky, Vila Matas, Azorín, y MArtin AMis, son los pocos autores que salvé. No fue a propósito, sino por casualidad pues estaban a la mano. A lo lejos vi chisporrotear a Kafka completo, junto a CAnneti (valga la redundancia) , Baroja, Galdós, y compañía, muy a mi pesar, pero el fuego del odio lo devora todo al doble de velocidad.

Chejov se salvó. Si algo me gusta de sus cuentos es la manera de reflejar esos momentos en los que atisbamos, injustificadamente, la felicidad como una conquista cercana, inminente. Los personajes de sus cuentos se mueven siempre entre el hastío y el hartazgo, el paisaje es demoledor por lo bello y reiterativo que es. La sensación es asfixiante por lo previsible y por la derogación que hace el autor de toda esperanza salvífica. La rutina se convierte en un manto que envuelve a los sujetos que aparecen y desaparecen sin tensión alguna que no sea la inercia de vidas agotadas, extenuadas. La vida doméstica es el mejor ambiente en el que se mueve Chejov, esa vida cuando (solo cuando, no siempre) se repite sin solución de continuidad, hasta la nausea. Una vida de pequeñas humillaciones y leves injusticias que en su monótona repetición se convierten en el caldo de cultivo de la desesperación, el dolor, la culpa y el llanto.

Sin embargo un pequeño acontecimiento hace que como un resorte mecánico todo se trasforme de modo absoluto: la realidad cambia en su textura y lo más evidente se convierte en una explosión vital que cambia el paisaje sabido y la vida, aunque solo sea por unos momentos…

Es así que atisbamos la felicidad, la tocamos con las manos y nos encontramos habilitados para olvidar esa rutinaria obsolescencia de nuestra vida, llena de vicisitudes inútiles, de reclamos fracasados. De pronto un insignificante acontecimiento comprime el tiempo, antes insoportable, ahora juego de espejos que refleja perspectivas inauditas en las que somos protagonistas soberanos. Sin tiempo para poder asimilar semejante eclosión nos vemos abocados a un torbellino maravilloso que aligera la torpeza de lo cotidiano y lo sustituye por una sensación de complacencia y autoafirmación. Esa es la felicidad, algo que está por llegar o es patrimonio del pasado, nunca presente, siempre huida o pasada. Porque cuando comprendemos la verdad de lo que nos pasa, ya pasó.

Y entonces vuelve el paisaje rotundo del que veníamos y en el que nos instalamos, con una pequeña mueca de amargura. Así Chejov.

No obstante, hay más. Podemos hacernos cargo de la imperfección innata de la vida, lo inasequible de nuestras exigencias y prescindir de lo absoluto. Entonces empieza una buena vida, no perfecta. Sustituyamos la felicidad por la alegría, algo más cercano y posible que consiste en predisposición a lo bueno, nunca devaluación sino todo lo contrario. Y para ello es conveniente (no imprescindible, Antonio), es útil leer a Chejov, que nos ayudará. Dejemos la felicidad (beatus ille) y seamos alegres. Nos lo agradecerán los que nos rodean y nosotros mismos podremos recordar que fuimos felices.

Salud y república.

antiplatonico emboscado dijo...

BIBLIOTECA QUEMADA. ANDRES FERNADEZ DE ANDRADA. EPISTOLA MORAL A FABIO. Contra la claudicación.



No pude salvarlo y pereció por triplicado. La versión más querida para mí, la de la editorial Crítica, con prólogo de Dámaso Alonso. Es mi libro favorito y desde que lo descubrí hace 15 años me ha acompañado siempre, hasta el incendio. Su lectura (me obligué a no aprendérmelo de memoria) ha sido una referencia continua para mí. Lo extraño como a pocas cosas, quizás como a ninguna a pesar de que me han enseñado hace poco a no encariñarme con los objetos, lo que llevo a rajatabla. Puesto que empiezo desde la más absoluta nada no voy a atarme a objeto alguno, pues su perdida, inevitable y por venir, no ha de ser inconveniente. Y esto ya estaba en el propio poema del soldado Andrada, en su Epístola moral a Fabio.

Ha sido considerado este poema como un manual de estoicismo. Sin duda síntesis acabada de un estoicismo que nos sigue apelando de forma directa, sin circunloquios ni largas exposiciones, tan afilado como un cuchillo y tan silencioso como la flecha que sabemos ya se ha lanzado y que se dirige ávida al corazón a pesar de nuestra indiferencia. Es desde luego un arsenal de argumentos estoicos pero lejos de lo presuntuoso de esta literatura tan dada a la monserga. Su carácter verdadero viene dado por la fragilidad de su emisor, que nos habla desde la propia duda de haber llevado a efecto sus propias prescripciones. Mensaje de un amigo atribulado que asume la propia humanidad del lector al que considera, como a Fabio, un probable sufriente, ser doliente y quejoso ante las injusticias que nos causamos nosotros mismos. Pues ese es tenor de la epístola: nosotros como problema, nosotros como solución, la asunción de la individualidad como algo por hacer lejos de la cristalización del individuo en arquetipo (manía platónica). Su poema es la carta de un amigo cercano que nos propone no claudicar, no rebajarnos especialmente ante nosotros mismos.

Debo confesar que pocos libros llevo dentro de mí como ese. Transformado en vida, es una parte de mí. Su constante recuerdo no me ha animado a volver a comprarlo. Su recuerdo, vago, episódico, retumba en mi cabeza con frecuencia. Su nueva adquisición me enfrentaría a amargos recuerdos, sin embargo. Enfrentado con mi pasado, renuente, suelo decirme: “Fabio, las esperanzas cortesanas prisiones son… “ y no recuerdo más. Y sin embargo pocos libros como ese. Ninguno.

Salud.

Miguel dijo...

El libro sobre África de las Heras, me ha resultado conmovedor.
Bien narrado y con vueltas de tuerca que mantienen atrapado al lector.
Las inclusiones de documentos reales le dan un valor agregado a a historia.
Considero que la visión que se brinda sobre esta excepcional mujer en este libro, más allá de compartir o no sus acciones al servicio de la URSS, es profunda y relevante.
Un libro que recomiendo.