viernes, 10 de diciembre de 2010

UDRÍ.- LO QUE HAN DICHO DE ELLA



Lo que dijo el PLATÓNICO EMBOSCADO
DEFENSA DE ABDÓN.

Estimada C.

Tuve conocimiento del fallecimiento de Abdón mientras acababa mis quehaceres en .la ciudad de A……. hace poco más de un mes. Desde entonces no pensaba sino en escribirte unas líneas que no fueran reproche ni condolencia. Me he decidido, y me consta que lo aprecias, a hacer una defensa, pues poco conozco al ser humano o ya habrá algún malediciente que en nuestro pequeño pueblo provinciano estará haciendo circular infundios de variada especie. Nada humano me es ajeno, y sé que lo humano está imbuido de maldad. Que te voy a contar querida….

No solo se trata de que todo el pasado se posó en un segundo sobre su cabeza, ni de que en un latigazo se concentró todo el dolor de una vida; además de eso el acabamiento hizo su entrada triunfal, apabullante sin que nada ni nadie pudiera escapar a tanto dolor. Y en ese dolor todos los años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos llevaban su carga a la espalda, carga nefasta y venenosa que no respeta razón alguna y contra la que no hay escapatoria.

No solo se trata de que el convencimiento de la imposibilidad de vivir un afecto sumergiera su espíritu en un ambiente irreal, ni de que el recuerdo mismo fuera un martillo de diamante que cayera sobre su espíritu con la regularidad de un segundero; además de eso estaba ya roto el hilo invisible que nos une a la vida, roto en varios lugares y en diversos tiempos y no era posible sutura alguna, dejado de la mano de Dios y de los hombres, esos mismos que lo compadecerán ahora. Además de eso, la difícil filigarana de la vida se había desvanecido, poco a poco pero a la vista de los demás, sin queja ni lamento alguno, tal y como hacen los hombres de honor, los pocos que hay. Omnia plaeclara, rara.
No solo se trata de que trazara una línea profunda en la tierra y que volcara, en la soledad más absoluta (os recuerdo), en lo más escondido todo su pesar, ni de que dejara manar lo más sagrado que tenemos, sin marca ni tasa; además de eso, señaló con letra precisa los límites del dolor y de la impostura, señaló lo indigno del sufrimiento, enumeró las condiciones de la buena vida, apostó por la verdad de una vida sin doblez, decidió dejar sonar el acorde más precioso que tenemos y que una vez abandonado ya no tiene marcha atrás.

No solo se trata de que su alma quebrara delante nuestra y de que semejante episodio no lo pudiéramos evitar; además dejó serena su vocación que no pretendió lo imposible, como nuestro común amigo va diciendo por ahí, sino todo lo contrario: lo posible fue lo que nunca tuvo a la mano, y en lo imposible se movió desde siempre con suma facilidad. Y en lo imposible nunca tuvo el sereno afecto que sirve de clima y ambiente para la buena vida, ese clima que yo tampoco he tenido hasta hace poco, como sabes. Sin embargo Abdón habitaba en lo imposible de forma habitual y su alma embravecida no se acostumbró a las medianías de un amor vulgar y mediocre como el que tuvo con esa desgraciada iluminada cuyo nombre me resulta imposible siquiera escribir, ese pozo inmundo de estulticia que se nos presentó como la cima de la belleza y de la inteligencia y no fue más que agua ponzoñosa, infecta de extravagancia y animadversión a la vida, que contaminó a tantos como pudo hasta que se agotó, corrompida de su propia sabia insana, enferma, putrefacta.

¿Quién se compadece del encantador al que le muerde la serpiente? Demasiado esfuerzo en mantenerse en la lejanía de los lugares hiperbóreos, diría yo, ser mortal. Sí, estimada C., nos duele reconocer la condición excelente de los demás y acabamos haciéndolos partícipes de nuestra pequeñez. Amo la vida como pocas veces lo he hecho, ya sabes de mis vicisitudes y los trances en los que me he visto últimamente, y por eso sé que Abdón no tuvo ni remota idea de las vueltas que da el camino, de las sendas que vamos descubriendo a lo largo de la vida, de las vistas que se nos aparecen sin buscarlas, de que la niebla se disipa en unas horas y nos muestra paisajes desconocidos, de que al borde de camino uno se para y bebe agua fresca, descansa a la sombra, retoma el camino y da marcha atrás para perderse irremediablemente en un ir y venir que es la sal de la vida. Luego, con el tiempo, la vida parece que ha sido producto de un plan milimétrico y que lo que somos es así por decisión propia (amor fati, lo siento Nietsche, no nos lo creemos). Pero sabemos que no es así, y que las elecciones que hemos ido haciendo a lo largo de la vida han ido determinando el resultado actual de forma azarosa e impremeditada. No hay vocación ni destino (lo siento Ortega, no nos lo creemos) sino voluntad fallida, revisada continuamente en un vértigo que define el devenir no como un juego de dados, pero si como una obra inacabada y perfectible. Y esto no lo supo Abdón, que habitaba un mundo imposible para nosotros. Descanse en paz, si lo dejamos

Ningún hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él. (1 Corintios 2,11). Seamos indulgentes, pues.

¿Recuerdas a Aelio Hadrianus?:

Animula vagula, blandula,
Hospes comesque corporis,
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut solis, dabis locos.


Siempre nos quedamos con el primer verso, pero lo importante es el último y su recuerdo: “pequeña, mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos, desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de infancia”. Te apunto lo importante ahora, los juegos de la infancia, la patria del hombre. Celebérrimos versos, inmersos ya en la novela. Qué te voy a contar estimada C, si tú me los enseñaste. Pero ¿quién se acuerda de los juegos de infancia de nuestro imposible amigo hiperboreo? Yo no. ¿Tú?

Y los consejos, tan fuera de lugar. Ahora pretenderán los moralistas, esa caterva de sepultureros de la moral, embalsamadores de sentimientos, poetas normativos, sacar enseñanza y endosarla al primero que pase. No, gracias. Por eso esta defensa postrera del espíritu libre, inconformista. El espíritu o es libre o no es nada. Te lo digo desde lo más hondo de un naufragio, como sabes. Todavía me queman las brasas de mi casa incendiada, perdida. Todavía me duele la visión del campo arrasado por el pedrisco, de la vista de la derrota. Ya me parece algo tan lejano… y ya solo me embarga la esperanza. El dolor de ahora es la felicidad de mañana, me comentó nuestro común amigo. Tanta verdad no cabe expresarla de otro modo sino con esta apología de Abdón, le pese a quien le pese.

Me acordé de Fedón o el Alma, el Diálogo más querido de Abdón. Y recuerdo siempre como lo que más le gustaba era resaltar la permanente sonrisa de Sócrates, esa sonrisa que demostraba no indiferencia a la muerte, sino la tranquilidad en el trance de la que el filósofo debe hacer gala, si realmente los es, sobre todo en los momentos más difíciles. Esa tranquilidad que seguro él tuvo. Socrático hasta el final (también platónico, desgraciadamente para él), dejó con su marcha el mismo dolor que él, porque los demás estamos en lo posible, para bien o para mal, y no nos gustan los seres excelentes. Platón dibujó un Sócrates sonriente hasta el final (¡Critón, le debemos un gallo a Asclepio!) una sonrisa que es posible en el mundo vertiginoso y terrenal de Sócrates, pero que es imposible en el mundo fosilizado de ideas inmutables que el alumno construyó para nuestra desgracia. El paso de Sócrates a Platón no se ha explicado suficiente, si es que es posible. Seguimos leyendo los Diálogos como palabras de Sócrates, cuando apenas si queda algo más que una leve brisa fresca del tábano furioso en un mundo anquilosado que ha prefigurado lo peor de la vida: el trasmundo, estimada C., pero qué te voy a contar a ti.

También he vuelto a nuestro Epícteto, tan caro a Abdón y tan poco seguido por él mismo. Esclavo, siervo, Epícteto, no deja de ser curioso llamarse así y que se le atribuya El Enquiridión:

“XXI. Deja que la muerte, el exilio y todo aquello que parece terrible se presente cotidianamente ante tus ojos; pero sobre todo la muerte, y nunca pensarás en nada indigno ni desearás nada de forma desmedida”.

“LII. Condúceme, ¡oh Zeus, y tú Destino!
Por el camino que me habéis prescrito:
Aquí estoy, dispuesto a seguirlo. Y si no quisiere
Atraeré sobre mí la desgracia, y lo seguiré igualmente”.


Te dejo ya. Me estoy poniendo pesado y se me acumulan las citas. Espero tu respuesta y prometo contestarte. Siento haberte preocupado por mis asuntos, así como haber callado tanto tiempo. Si Abdón no está ya con nosotros podemos mantener viva la cordialidad que mantuvimos tanto tiempo. El nos echará de menos a nosotros más que nosotros a él. Animula, vagula, blandula.

2 comentarios:

INES dijo...

Tenías razón la portada es enigmática y te seduce a la lectura.
.....un fuerte abrazo, siempre fans de sabiduría..

PEPE dijo...

¿Eres la Ines que creo que eres? Esa revoltosa que dejaba mensajes en la pizarra...