lunes, 21 de septiembre de 2009

Magdalena y Agustín Rebollo




Magdalena y Agustín Rebollo


Con la luz apagada. Así es como le gusta a Agustín mirar a Magdalena. Se apoya, a tientas, detrás de la puerta del salón, para observar a hurtadillas a su mujer, que se entretiene en la costura, dando puntadas con largas agujas de acero lubricadas con vaselina a los ovillos de lana de colores que ruedan encima de las enaguas de la mesa-camilla, o enhebrando los hilos, apelmazados con esmalte o saliva, por el ojo imperceptible de diminutas agujas que guarda clavadas en un acerico enchapado en plata con la almohadilla colorada. Ella está sentada en un sillón de madera mullido con cojines de punto, junto a un brasero de piconilla de jara cuyo olor fresco, desbravado, flota ingrávido por la casa hasta encaramarse en los techos de los angostos pasillos de las plantas de arriba. Detrás de la reja de la ventana desfilan sombrías las oscuras tardes de invierno.
"Agustín, deja de hacer tonterías. Anda, ve y haz algo de provecho. Esconde la cántara en el fondo de la alacena que se nos va agriar la leche con tanto trueno".Le dice sin apartar la vista de la costura. Y se sonríe para sus adentros, bajo el fondo atronador del bramido de la tormenta.
Todas las tardes, a eso de las seis, mientras reza el Ángelus, aprieta el gesto y amusga los ojos, pidiendo al Señor que si tiene a bien, les guarde por mucho tiempo a Don Horacio, por todo el bien que les ha hecho a ella y su Agustín.

2 comentarios:

Óscar Santos Payán dijo...

Qué belleza en la descripción y en el juego de tu hijo. Atrapar la luz. Un abrazo, amigo.

María Del Rincón dijo...

Me gusta cómo escribes, pero... El Ángelus se reza a mediodía, no a las 6 de la tarde. Un diminuto fallo de documentación, podrías cambiarlo por Rosario o alguna otra oración.