sábado, 1 de noviembre de 2008

HUGO Y EL ROBO DE LAS NUBES


Todos coincidían en que Hugo Garrido estaba aquejado por el mal de la ensoñación, que no se le conocía más enfermedad que una devastadora imaginación que desde tiempo atrás le había hecho esquivar el norte. Pero eso a él nunca le molestó.


Miraba las nubes y las imaginaba como piezas mullidas de un puzzle. Así que allí, tumbado entre los arriates, apoyando su cabeza en las palmas de sus manos, mordisqueando una brizna de hierba, jugaba a adivinar las figuras que el viento construía en el cielo lapislázuli de Cela.


El día que ella llegó a la estación, los nublos se arremolinaron encima de la cabeza de Hugo, dando forma a una oronda y podrida manzana, pero él no entendió la advertencia que el destino le estaba haciendo y, desoyendo a los elementos, no quitó ojo a Olvido Vargas desde que la vio aparecer por la Calle del Porvenir hasta la farmacia de Don Lucas, en la que entró después de hacer sonar la esquila de la puerta por tres veces, como quien espanta una tormenta.


Los años de Hugo estaban recién metidos en la veintena, pero eso no fue suficiente para evitar que se aturdiera ante la visión de las rodillas desnudas de Olvido, de la maleta sujeta entre sus muslos apenas escondidos debajo del vuelo de una falda de color, de los hombros desnudos, de los que se descolgaban dos tirantas para aguantar el peso de una camiseta blanca en la que Hugo adivinaba las aureolas rosadas y los pezones oscuros que había visto en las revistas francesas que compraba a distancia.


Volvió corriendo a su casa a descolgar el póster que decoraba su habitación, pensando que si Olvido Vargas lo visitaba algún día, no querría ver a Marilyn Monroe de cabecero de su cama.

Yo conocí a Hugo un día en que el alcalde aseguraba al Gobernador Civil que al pueblo le estaban robando las nubes. Para entonces, Olvido hacía años que se había escapado de Cela, y recuerdo la extraña sensación que se me agarró al ver a un hombre de su edad tumbado en el campo, junto a la estación, mirando el cielo raso sin poder contener las lágrimas.


Le pregunté si podía ayudarle y él me repuso -¿sabe usted dónde se han ido mis nubes?

8 comentarios:

el piano huérfano dijo...

me emociono
muy bonito
a ver si le enseñas también donde estas su estrella

DianNa_ dijo...

Dónde se fueron las nubes? dónde los sueños?
Precioso relato, felicidades.

Te leí en el blog de Piano huérfano y seguí tus pasos, me alegro de haberlo hecho.

Saludos desde mi nube

lavabajillo dijo...

Me encantó el relato. Un abrazo.

elena dijo...

Qué relato tan bonito...

Óscar Santos Payán dijo...

Hola Pepe. Repetirte hasta la saciedad el placer que fue poder estar contigo en el frío Madrid y agradecerte de nuevo tu invitación. De vinos no entendemos pero la bóveda de nuestro paladar es mucho más sofisticada que eso, entiende de masticar palabras y versos, un abrazo enorme.

PEPE dijo...

A El Piano Huerfano y Dianna ya les he contestado. Al maestro Lavabajillo también. Me quedas tú Elena, me alegro mucho de que te haya gustado el relato. Lo continuaré...


Un beso grande

Pepe

elena dijo...

Espero que lo continúes pronto. Me he quedado con ganas de seguir leyendo... y tu relato me ha recordado un grabado de Ferrándiz que buscaré para pasártelo...

Un beso.

PIRLILLA dijo...

Qué bonito mi pepe, y qué bonito el robo de las nubes. Continúalo por favor.

Un beso

Pirlilla