domingo, 16 de noviembre de 2008

EL PADRE DE HUGO


Hace frío en Cela y se cobija debajo de las solapas de un sobrio loden, mirando a hurtadillas la humedad que rezuma de las arcadas de piedra que desembocan en la plaza del Ayuntamiento, en la que se encuentra el viejo despacho del letrado Horacio Buenaventura. Repasa la documentación que lleva al abogado y se asegura que no le falta nada: partida de nacimiento, certificado del penal donde por última vez fue visto, los anuncios publicados y copia del libro de familia.

En la primera página del libro de familia hay una foto, en la que se ve a su madre sentada en una silla de anea, con su hermana menor, muy niña por entonces, tomada en brazos. Él está de pie y su padre le rodea el hombro con el brazo. De fondo, el jardín de la casa de la Calle de la Amargura, delante del pozo. No ha dormido intentado recordarse de niño. Se desveló bien temprano y, cansado de dar vueltas, se levantó sigiloso para no molestar. Fue entonces cuando se decidió abrir la caja que desde hacía mucho tiempo guardaba en una de las esquinas del aparador, para que aparecieran sus notas del colegio, páginas de tebeos repintadas con unos lápices de cera, algunas cartas manuscritas, la matrícula de su primer año en la Universidad de Granada y dos fotos: en una se le ve joven, mirando un tablero de ajedrez, enfrentándose a un señor de mayor de edad que la suya, su profesor de matemáticas. En la otra está de espaldas y tiene la cabeza vuelta, como si atendiera a una llamada lanzada de improviso. El escenario de esa foto se compone de dos cipreses que se escapan de una tapia, entre los que se eleva el pico nevado del Veleta.

Sigue andando con la vista perdida en el empedrado y entra en la plaza. Aún está aturdido persiguiendo en su memoria la huella del joven que fue, y se le ensombrece el ánimo porque es incapaz de reconocerse en las fotografías que ha visto, en las cartas que ha leído, en los ridículos poemas que recuerda que escribió. Piensa que así deben ser las cosas: nacer y morir, y en medio sólo trabajo y olvido. Y se pregunta si su padre, al que ahora pretende declararlo legalmente fallecido y del que sólo queda un rastro en el recuerdo, acaso ha sido el único verdaderamente inteligente que ha conocido.

Ensimismado en esos pensamientos, nota algo extraño y separa despacio la vista del empedrado. Se da cuenta que la plaza adopta la forma de un enorme damero, que los cientos de baldosas blancas y negras forman un sorprendente tablero de ajedrez. Se vuelve a mirar hacia atrás y dibuja en su cabeza el camino que acaba de hacer. No puede evitar que se le escape una sonrisa, una mueca de esperanza: se ha desplazado por la plaza, siguiendo el orden con que habría movido su caballo del ajedrez en su viejo tablero del colegio, en forma de “L”, dos escaques hacia la vertical y uno hacia la horizontal, o viceversa.

4 comentarios:

elena dijo...

Me tienes en ascuas... y me ha encantado las cosas que había en la caja del aparador... me da la sensación de que todos guardamos una de esas cajas, y a todos nos asusta la nostalgia que da el abrirla...

marisa dijo...

"Nacer y morir y en medio sólo trabajo y olvido" Bravo. Me ha encantado . He leído las historias y te enlazo para no perder los pasos que me traigan aquí,y poder retomar el hilo...un abrazo y gracias por pasarte por mis versos.

Óscar Santos Payán dijo...

Hola Pepe. Ya mismo estoy allí. No sé cómo tendrás el viernes por la tarde pero me gustaría verte y tomar algo con los gavieros. Un abrazo

antiplatonico emboscado dijo...

"Aún está aturdido persiguiendo en su memoria la huella del joven que fue, y se le ensombrece el ánimo porque es incapaz de reconocerse en las fotografías que ha visto, en las cartas que ha leído, en los ridículos poemas que recuerda que escribió".

Filosofa el autor. siendo preciso reflejar la inquietud que le invade al hijo ante la visita que le espera, nada mejor que sacar a flote la cuestión crucial: la identidad. SI ahora son fotos, poemas, cartas, etc, siempre estamos en la mirilla de duda sobre nosotros mismos. confíados por la inercia de despetar todos los días, de vernos en el espejo, de oir nuestra voz, de que nos reconozcan, olvidamos la contingencia vertiginosa de nuestra identidad, lo que somos y que algunos solventan remitiéndonos al "conócete a tí mismo", frase que por su frecuencia esconde una falsedad. puestos en cuestión, siempre es mejor seguir pedaleando, no vaya a ser que nos demos cuenta de que no conocemos las leyes de la mecánica y perdamos el equilibrio que tan bien manteníamos antes.
Salud