
Lucas Huete.
Durante toda la vida le ardió dentro una quemazón, una duda a la que no pudo o no supo dar respuesta. Se preguntaba si es que se podía nacer con cicatrices, porque él había salido del vientre de su madre con dos hebras de pelo cano que le crecían por encima de las sienes y se estiraban hasta la coronilla, y fueron esos rasgos los que definieron la patología que mantuvo desde que vio la luz, hasta el mismo día en que su cuerpo se balanceó colgado desnudo de la rama de una encina: la ira.
De esto Don Lucas no se apercibió hasta que con escasa edad salió por primera vez de Cela y una muchedumbre desbocada lo separó de sus padres en la estación de tren antes de despedirse del todo. Notó lo apresurado de la vida, viendo a la gente correr, mientras él estaba detenido en mitad de un andén, de un pasillo, con el billete en la mano, buscando la puerta de embarque, el tren que todavía se movía antes de pararse definitivamente. Entonces sintió aquella nausea encaramándosele desde el fondo del estómago, la punzada que se le repetiría el resto de su vida: un niño lo miraba y, después de señalarlo con el dedo extendido, corrió asustado en sentido contrario, esquivándolo, volviendo la cabeza para asegurarse que había logrado escapar; luego miró en derredor suyo y tuvo la certeza de que todo el mundo lo miraba con espanto y rehuía. Entonces se caló la gorra para esconder su estigma,y se abandonó en la luz que se colaba por las ventanas acristaladas de los techos, de las altas y sucias paredes, sin notar que las uñas se le habían hundido en las palmas de las manos y la sangre, poco a poco, comenzaba a resbalar, densa y húmeda, como las primeras lágrimas, sobre la maleta en la que su madre había cosido su nombre: Lucas Huete.